Clarisse se enganchó todo el pelo con una goma de cuatro colores. Ni siquiera se cambió para salir al campamento que el circo había preparado alrededor de la zona, colocando cada una de las caravanas en diagonal para formar un circulo que podría ser catalogado de muchas cosas menos de perfecto. Se calzó sus deportivas blancas y salió al aire libre con sus pantalones cortos y grises y su camiseta de tirantes.
Ahora Le Cirque de les Fées volvía a empezar. Habían pasado diez años en carretera que Clarisse había disfrutado al máximo. Había podido viajar por todo el mundo, desde América del Norte hasta la India. Habían dado el salto a Australia y Clarisse que en su vida había salido de la pequeña ciudad de Pine Bluff, había montado tantas veces en avión que se conocía a la perfección las recomendaciones de las compañías de vuelo.
La castaña descubrió a Julien sentado encima de la rama de un árbol con su violín en las manos y un cuaderno a su lado. Clarisse sonrió al verle en vaqueros. Era tan extraño ver a Julien con indumentaria normal como ver en medio de la quinta Avenida una persona con armadura. Julien la vio acercarse y silbó con sus dedos metidos en la boca. Clarisse soltó una carcajada mientras se enganchaba entre los huecos del tronco para poder sentarse en otra de las ramas junto a su mejor amigo.
-¿Qué haces aquí encaramado?-preguntó, ladeando la cabeza para mantener el equilibrio sobre el fino asiento.
Julien sonrió y sacudió frente a su cara el cuaderno que tenía entre manos.
-Escribo la nueva canción, ahora que empezamos de nuevo tenemos que mejorar las cosas.-explicó quitando el capuchón del bolígrafo con los dientes y corrigiendo alguna nota más.-¿Y tú qué tal llevas lo tuyo?
-Bien...-dijo Clarisse, en un tono muy poco convincente.-Tengo que hablar con Martha antes de enseñárselas a Clermont. Dice que quiere quitarme el poco Internet que tengo, según ella me hace perder imaginación.-la joven hizo una mueca sacándola lengua y el trovador sonrió sacudiendo la cabeza.
-Se preocupa por ti.
-Demasiado.-bufó.-Llevo toda mi vida inventándome historias, solo estoy sufriendo un parón.
-Se te agotaron las mentiras, ¿no?- Julien alzó ambas cejas mirándola. Clarisse se mordió el labio inferior y miró hacía otro lado, hacía la zona donde la compañía había comenzado a construir la carpa del circo.
En aquellos diez años, Clarisse había viajado mucho, había visto millones de museos, estatuas y monumentos famosos. Había aprendido a hablar con fluidez francés, español, italiano, alemán y portugués y se manejaba un poco con el japones, indio y árabe. Clarisse había conocido a mucha gente diferentes y había disfrutado de culturas muy diferentes. Y no había dicho la verdad en todo ese tiempo.
Cuando alguien le preguntaba sobre su pasado siempre tenía algo que contarle, sin ningún tipo de apuro. Cuando estaba en la India les contaba como su novio había muerto en el atentado de Oklahoma. Cuando estaba en América les contaba como el hijo de un sargento árabe se había enamorado de ella y que al no poder estar juntos se había alistado en una de las exploraciones a la zona interna de África.
Cuando estaban en invierno, contaba como había sido su amor de verano y cuando era verano, contaba como un chico la había encontrado cargada de bolsas bajo la lluvia y la había ayudado. Para muchos su padre era un hombre de negocios millonario y su madre una ex secretaria que había sido despedida por no aceptar someterse al aborto. Para otros tantos su padre era un aguerrido soldado del ejercito Estadounidense enviado a Irak.
-Clarisse, no puedes intenta caerle bien a todo el mundo.-murmuró Julien entre suspiros, dejando el cuaderno sobre sus piernas.
-Mis amistades no duran más que una noche, ¿qué más da lo que les cuente?-dijo Clarisse quitandole el cuaderno de las manos y leyendo las notas, tocando la canción en su mente. No sonaba demasiado bien y eso era malo, porque todas las canciones de Julien eran geniales, podían compararse perfectamente con la música del siglo XVI, incluso, superarla.-Le Chason Douce.-musitó y como única respuesta Julien sonrió débilmente y volvió a recuperar su cuaderno con rapidez.
Clarisse le miró y se quedó así un buen rato. Cuando tenía trece años creía estar enamorado del trovador. Incluso se lo había dicho a él en uno de sus paseos. Siempre a tenido la libertad de decir y hacer lo que quisiera y cuando se sintió lista, le confesó sus sentimientos a Julien.
El trovador había sonreído y mirando al cielo le despeinó su pelo castaño.
-No Clarisse, tú no estas enamorada de mi.-le dijo, agachándose un poco para quedar a su altura.-Me quieres, pero no de esa forma. Aún no entiendes muchas cosas, sé que eres mayor y te trato como tal, pero aún sabes lo que es sentir que alguien lo es todo en tu vida. Que tus pensamientos, tu moral, tu imaginación giran en torno a él como si el fuera la Tierra y tú su satélite.
Clarisse había pestañeado muy despacio y había desviado la mirada hacía el atardecer de los Pirineos donde se encontraban.
-¿Te has enamorado alguna vez, Julien?
El trovador sonrió y asintió con la cabeza.
-Una vez.
-¿Y qué ocurrió?
-No salio bien. Ella tenía un futuro en un sitio fijo, yo era un alma libre y tenía que moverme.-suspiró y golpeó con sus zapatos de punta redondeada una de las piedras del camino.-El circo no es buen acompañante en el amor. Ella podría haberlo dejado todo por venirse conmigo. Yo podría haber abandonado la música y el circo por estar con ella. Pero ninguno de los dos seriamos felices, y si las cosas salieran mal, acabaríamos echando de menos una vida que nos perdimos.
-¿Todos los amores terminan mal?
-Normalmente. El amor verdadero no existe, siempre hay algo que lo destruye, llamalo televisión, Internet o sociedad. La gente intenta ser quien no es y eso destruye el amor. Sé tu misma siempre, nunca sabes quien puede ser la persona adecuada y a lo mejor, por intentar sorprenderle, acabas perdiéndolo.
Por supuesto Clarisse no había hecho ningún caso a su consejo y se había convertido en la perfecta actriz de una película que ella misma se inventaba.
Julien resopló de nuevo y cerró su cuaderno con fuerza, despertando tanto a Clarisse que estaba a su lado, como a un bandada de pájaros que dormitaban en uno de los árboles cercanos.

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